Ana Alejandre
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El ángel del hogar, de Max Ernst |
El título de esta obra pictórica es
un giro sarcástico y grotesco del artista, teniendo en cuenta la naturaleza y
características del cuadro. En él se representa a un ser monstruoso con cabeza
de ave carroñera y cuerpo y extremidades deformes y de las que, de alguna de
ellas, nacen otras más pequeñas con aspecto de ramificaciones arbóreas. El
monstruo parece saltar y dar violentas patadas en el suelo que viene a
representar la realidad, el mundo material en el que vivimos.
El pintor ha querido hacer una
alegoría con dicho monstruo del fascismo y la carga de terror, violencia y
muerte que representa, de ahí las patadas furiosas que da en el suelo en
alusión a la violencia intrínseca que dicho movimiento político conlleva.
No hay que olvidar que el año de
creación de esta obra es la de 1937, cuando el partido nazi estaba en pleno
auge en Alemania en los albores de la II Guerra Mundial y que fue precursor de la
estela de horror y muerte que dejó a su paso dos años más tarde.
El hecho de que la figura monstruosa
tuviera cierta apariencia humana, en cuanto a su figura antropomorfa, no es
otra cosa que el deseo por parte del autor de señalar que ese monstruo no es
algo ajeno a la propia naturaleza humana, sino que es el propio ser humano el
que lo encarna individual y colectivamente. Por otra parte, el rostro del
monstruo parece mostrar una risa de regocijo con el pico abierto en cuyo
interior se observan dientes puntiagudos parecido a los de los escualos,
insinuando con ello lo dañino y peligroso que puede ser el monstruo fascismo/comunismo
-las dos caras de la moneda del totalitarismo-, que, además, ríe abiertamente
en un gesto de gozo y satisfacción al usar la violencia, en una especie de
baile siniestro con el que intenta aplastar cualquier resistencia que pudiera
encontrar en su camino. Esta destrucción que deja a su paso parece indicarlo el
hecho de que no haya nada a su alrededor a no ser el suelo al que pisotea, como
si todo vestigio de vida o de civilización hubiera desaparecido y dejado el
vacio de territorio yermo, despoblado e inerte.
Max Ernst también ilustra
su idea de que las ideologías totalitarias existen y se propaga por muchas
naciones con el recurso de que el monstruoso ser está vestido con diversos y
chillones colores, todos aquellos que existen en las banderas de diferentes
países donde se instaló el fascismo: Alemania, Italia y España (rojo, amarillo,
verde, negro y el color pardo, propio de las camisas pardas del Partido
Nacionalsocialista alemán, el color rojo del bando republicano y las camisas
azules del bando nacional español). Los nubarrones que aparecen en el cielo
presagian tormenta, la devastadora tormenta de la II Guerra Mundial que
comenzaría dos años después y que Ernst ya intuía por la fuerza de los
acontecimientos y a la que precedía la Guerra Civil Española que ya estaba
iniciada y representada en el nubarrón más oscuro de la parte superior
izquierda del cuadro.
El título sarcástico de esta obra
viene a referirse metafóricamente al hogar, trasunto de la nación a la que se pertenece, lugar en el que
cualquier ciudadano se siente en su casa, a la que el ángel que custodia todo
hogar, en esta ocasión está encarnado en esta obra en las ideas totalitarias de
los extremos del arco político: comunismo o fascismo, que parece llegar a cada
país, a cada "hogar" para el pueblo que en él habita, al que ofrece
la idea de salvaguarda, de protección de los derechos y libertades de todos los
ciudadanos, aunque se convierte al final en un monstruo que todo lo devora, que
todo lo destruye y que sólo deja las ruinas de lo que antes era un país que vivía
en paz, a pesar de los problemas y dificultades que la realidad impone, pero sin
convertirse en presa de las ideas totalitarias y depredadoras impuestas por
quienes dicen representar la salvación de cada pueblo al que aplasta con el
peso de sus desmanes, injusticias, violencia e intolerancia. Y esto sólo puede
suceder cuando los ciudadanos que pueblan el país en cuestión admiten y aceptan
que las ideologías terribles y totalitarias lleguen y se instalen en su seno
sin oponerse a ellas, sin luchar por su propia libertad que le entregan
absolutamente confiados en que dicha ideología política llega y se instala en su seno para ser la solución de los
problemas e injusticias que toda sociedad sufre. Esos mismos problemas que se
verán acentuados hasta el paroxismo por esas ideologías que no admiten
controversia, oposición ni límites, porque sólo destruye al individuo y a la
propia sociedad en la que éste vive, cuando le niega la posibilidad de opinar,
criticar u oponerse al totalitarismo político que es el peor enemigo de la dignidad
del individuo, de su realización como ser humano porque le arrebata su pequeña parcela de felicidad posible.